Reseña Histórica
Orígenes

Durante la Colonia se siguió la vieja costumbre española de sepultar en las iglesias a los difuntos, sobre todo si éstos tenían alguna jerarquía o influencias. Sin embargo, el gobernador del Reino de Chile, don Ambrosio O’Higgins, cumpliendo con un mandato Real que obligaba en forma terminante que todas las sepultaciones se efectuaran en terrenos destinados a cementerios, en sitios ubicados convenientemente en relación a la población, insistió en que las sepultaciones en las iglesias eran una falta de respeto y consideración al culto para lo que estaban consagradas.

A poco más de un año que los patriotas lograran la libertad definitiva de Chile, luego de la batalla de Maipú en 1818, el nuevo Senado dictó un senado consulto, el 26 de agosto de 1819, que dice: “ En consideraciones de respeto al Ser Supremo y al Culto, se prohíbe la sepultación en las iglesias, y por razones de salud pública, se crean los cementerios comunes como único sitio para sepultar”.
La religión católica era entonces la religión del Estado y de la mayoría de los chilenos, por esto todos los cementerios no disidentes eran consagrados y las funciones de testimonio de defunción y de sepultación, estaba en manos de funcionarios eclesiásticos, hasta la promulgación del Código Civil.

La resolución de diciembre de 1871, que establecía que todos los cementerios que se construyeran con fondos fiscales o municipales, serían legos y sin jurisdicción eclesiástica, y que toda sepultación se haría sin ninguna distinción de credo religioso, no satisfizo lo esperado por los católicos ni por los laicos. Sin embargo, la guerra del Pacífico trajo la unión de todos los chilenos y esto aquietó los espíritus, sin que olvidaran sus diferencias.

En agosto de 1883, bajo la presidencia de Santa María y siendo la Iglesia dirigida por el Obispo don Joaquín Larraín Gandarillas, un decreto firmado por el entonces ministro don José Manuel Balmaceda, llevó a que el Cementerio Católico fuera clausurado, en circunstancias que ya había iniciado su funcionamiento dirigido por don Ildefonso Saavedra.

Cuando fuera elegido como Arzobispo don Mariano Casanova, y como presidente don José Manuel Balmaceda, lograron un entendimiento Iglesia-Gobierno, lo que permitió la reapertura de nuestro Cementerio Católico.

Así fue el comienzo del Cementerio Católico Parroquial de Santiago, que hoy sirve a toda la comunidad.

Primeras Administraciones

En 1883, regularizada la situación legal de los terrenos actualmente ocupados, el Arzobispado nombró al primer administrador, don Ildefenso Saavedra Silva, presbítero. Durante su administración, hasta 1890, el arquitecto Latus trazó los delineamientos del plano en un predio casi rural, que en otros tiempos sirviera para la fabricación de ladrillos y tejas.

Luego de su administración, el Arzobispado nombró al presbítero don Ignacio Zuazagoitía Jaraquemada, período que duró 19 años, hasta 1909. Durante este período, el Cementerio logró el carácter y aspecto noble de sus patios y la sencillez de las líneas de sus capillas de los corredores, con un solo tipo de puertas y procurando que las obras se desarrollaran en un estilo sobrio y sin ostentaciones. Se preocupó del ornato de los patios, trajo la imagen de los cuatro evangelistas en fierro de fundición francesa, y junto a esas obras fueron traídas muchas otras de carácter religioso para la decoración de los patios y de los corredores. En homenaje a su obra, el patio principal del Cementerio contiene un monumento al presbítero Zuazagoitía.

Desde 1909, la administración del Cementerio Católico dejó de estar en manos de presbíteros, siendo dicha administración, hasta la actualidad, ejercida por profesionales laicos.

Recuperación Patrimonial

El Arzobispado de Santiago y la actual administración del Cementerio Católico, se han propuesto recuperar todo el legado histórico, religioso, cultural y arquitectónico, patrimonial, a objeto de ofrecer a la ciudad de Santiago una propuesta renovada e integrada a la comunidad, de nuestro Cementerio Católico.